Autor: Juan Pablo Morales Farfán
Una garza vivía hace mucho, pero muchos años, en la copa de un viejo encino, cercano a gran poza del Estero Puangue, un poco antes de llegar a la Localidad de Los Rulos. Todos los días desde muy temprano se dedicaba a mirar desde las alturas lo que sucedía en gran parte del Valle, que según ella era de su propiedad.
Un atardecer de invierno llegó a vivir a la poza un solitario y hermoso Cisne de Cuello Negro. La Garza asombrada y furiosa, voló muy temprano raudamente a la poza para verificar en terreno lo que sus ojos veían. Doña Garza se había adueñado del lugar y no aceptaba en sus dominios a nadie que no fuera de su agrado. Lo que más le molestaba era la extrema belleza del Cisne.
Aterrizó en la poza sus flacas patas con firmeza. Ardiendo de rabia, al extremo de ponerse colorada por la presencia del Cisne, así que movió sus alas como un abanico. Solo observó y se marchó.
A la mañana siguiente, después de haber elaborado por la noche un plan para eliminar al Cisne, se hizo presente en la poza. Las demás avecillas atemorizadas se alejan del lugar, solo un joven Huaira’o, dos sapos y una culebra observan desde su escondite. De repente y sorpresivamente, la malvada Garza atacó al Cisne enterrándole el pico en su largo cuello, dejándolo gravemente herido y emprendió vuelo a su guarida.
El Huaira’o valientemente y como pudo, arrastró al Cisne herido hasta la orilla y con una de sus patas aprisionó el cuello para que dejara de sangrar. Una Tenquita que pasaba por el lugar se dio cuenta de la situación se acercó y gritó ¡traigan hojitas de chilcas! Una bandada de Tordos que escucharon su pedido, rápidamente llegaron con las hojas. Doña Tenca, que al parecer era una perfecta meica, exclamó ¡Hay que moler las hojitas hasta que se forme una pomada! Unas cuantas Taguas se encargaron en un dos por tres de tener listo el menjunje, llevaron al Cisne a un abandonado nido entremedio de las zarzamoras y allí le aplicaron el remedio, lo alimentaron y lo acompañaron toda la noche.
La mañana siguiente la terrible Garza regresó al lugar de los hechos, con el propósito claro de castigar al Huaira’o y a la Tenquita. De repente apareció una culebrita y raudamente se enrolló en las patas de la malvada ave, dejándola en el suelo, mientras que un par de Queltehues procedieran a sacar una a una, las plumas de las alas para que no pudiera volar en mucho tiempo,
Desde ese día todas las aves y animalitos de la poza del Estero Puangue, vivieron muy tranquilos y felices. Al llegar la primavera grande fue la alegría de todos al ver al Cisne de Cuello Negro nadando junto a sus polluelos.